Por Soledad Arreguez Manozzo
Quienes trabajamos en educación sabemos que hoy el aula no termina en las paredes de la escuela. La conversación continúa en redes sociales, grupos de mensajería y plataformas donde la información circula de forma fragmentada, veloz y muchas veces descontextualizada. En ese entorno, las y los estudiantes del nivel secundario no solo se informan: también se desinforman.
El problema no es únicamente la presencia de noticias falsas o contenidos engañosos, sino la dificultad para detenerse, analizar y poner en duda aquello que aparece en la pantalla. En un ecosistema digital que premia la inmediatez y la emocionalidad, el ejercicio del pensamiento crítico se vuelve cada vez más complejo — y, al mismo tiempo, más necesario.
El aula como espacio para frenar la velocidad
Frente a este escenario, suele aparecer una pregunta recurrente en las escuelas: ¿qué podemos hacer desde la educación?
La respuesta no es sencilla ni única. Advertir sobre los riesgos de la desinformación es importante, pero insuficiente. La escuela no puede limitarse a decir “no creas todo lo que ves”, porque esa consigna, sin pensamiento crítico, termina generando desconfianza generalizada o parálisis.
En cambio, el aula tiene una potencia singular: ofrecer tiempo, método y lenguaje para pensar. Allí donde las plataformas empujan a reaccionar, la escuela puede enseñar a frenar. Allí donde los contenidos se consumen de manera aislada, puede aportar contexto. Allí donde prima la certeza rápida, puede habilitar la duda informada.
Pensamiento crítico no es sospecha permanente
Trabajar la desinformación en el nivel secundario no significa formar estudiantes escépticos de todo ni entrenarlos para “cazar mentiras”. Significa algo más profundo: aprender a formular preguntas, identificar fuentes, reconocer sesgos, entender cómo se construye la credibilidad y aceptar que no siempre hay respuestas inmediatas.
En nuestras investigaciones y experiencias de trabajo con docentes, aparece una constante: muchas veces las y los estudiantes confunden opinión con información, viralidad con relevancia, repetición con verdad. Estos no son errores individuales, sino efectos de un entorno informativo específico, que también debe ser analizado como contenido educativo.
La alfabetización mediática como parte de la formación ciudadana
En este sentido, la alfabetización mediática no es un agregado “extra” al currículum, sino una dimensión central de la formación ciudadana. Enseñar a analizar información es enseñar a participar de manera más consciente en debates públicos, a tomar decisiones con mayor criterio y a comprender el impacto social de lo que se comparte.
Este desafío se vuelve aún más complejo en un contexto atravesado por la inteligencia artificial, donde la producción de textos, imágenes y videos falsos es cada vez más accesible y sofisticada. Frente a esta realidad, la pregunta ya no es solo cómo detectar lo falso, sino cómo formar criterios para evaluar lo verosímil.
Cuando la reflexión se transforma en herramienta
Este recorrido conceptual y pedagógico es el que, desde Desconfío, nos llevó a sistematizar parte de estas discusiones en un material pensado específicamente para el aula. No como una solución cerrada, sino como una invitación a trabajar la desinformación desde la práctica docente, con actividades y secuencias adaptables al nivel secundario.
La guía “Navegar la desinformación en el aula” surge de ese proceso: del diálogo con docentes, de la observación del aula real y de la convicción de que el pensamiento crítico se enseña, se practica y se construye colectivamente.
Para quienes quieran profundizar o llevar estas reflexiones al trabajo cotidiano en clase, el material está disponible de forma gratuita para su descarga: https://www.desconfio.org/wp-content/uploads/2023/10/Navegar-la-desinformacion-en-el-aula-Desconfio-1.pdf